La principal razón es la necesidad imperiosa de auto representarnos en el espacio casi infinito que supone internet, cuando lo personal se convierte en colectivo “nos ayuda existir bajo la mirada de otros”, necesitamos sentirnos comprendidos dentro del vacío de lo inmenso, mucho más cuando los espacios colectivos tradicionales (la iglesia, el sindicato, la familia) parecen ser menos sólidos. En otro sentido, dicha búsqueda de validación también supone una presión constante: el sentirnos vigilados, la incesante competición con nuestros semejantes, las comparaciones con los “influencers” y la fábrica de imágenes meticulosamente construidas que constituyen, son solo algunos de los ejemplos las problemáticas de esta nueva necesidad de autorepresentarnos. En este contexto nace la necesidad del alter ego, ya sea un avatar en Second Life, una cuenta sin foto de perfil en Twitter o nuestra cuenta personal en Instagram.


Esta nueva constitución de nuestra identidad no da lugar a identidades falsas y alejadas de nosotros, ni nos convierte simplemente en las etiquetas a las que nos adherimos, pero tampoco nos definimos sólo de manera “radical” a través de vivencias individuales o nuestra participación en grupos religiosos o políticos. Ahora somos híbridos entre lo que somos y nuestras no vivencias, no nos esculpimos a través de la ficción ni de nuestra realidad sino que desde la simbiosis de ambas naturalezas sociales y culturales del individuo y el sujeto más actual.