
Definirnos es complejo. No somos solo nuestro reflejo,nuestra identidad está formada por retales, microrrelatos de nosotros que construimos a partir de la reapropiación de pequeños elementos de las grandes corrientes culturales que consumimos cada día. El flujo de imágenes que tenemos que visionar a diario se ha materializado a un nivel que supera lo real, las imágenes ya no nos suponen una ventana a través de la que mirar como voyeurs, si no un lugar cómodo en el que habitar. Son una parte de nosotros que amoldamos a nuestra medida para poder identificarnos con ellas.

En este mundo de imágenes no podemos pensarnos como una sola cosa, somos más que la suma de nuestras experiencias sensibles reales: Somos un conjunto de bocetos de aquí y de allá, de proyecciones desdibujadas, de figuras pop e influencers. Gracias a la experiencia online no tenemos solo nuestra vida, también todas las demás que nos parecen deseables, todas las que queremos vivir.


¿Cómo nos relacionamos con ese alter-ego como de reales o de ficticias son nuestras proyecciones frente al mismo? ¿Cómo nos empoderamos a través de la imágen? y ¿Cómo proyectarnos en la misma nos lleva a relaciones de autoodio por comparación? ¿ Cómo la imágen sirve para canalizar pulsiones como la violencia? ¿ Cómo encontramos ese gusto por la misma a partir de la cultura ?
Es curioso como en este momento en el que la autorepresentación es algo tan cotidiano sea el momento donde quizás más complejo nos resulte desentramarnos a nosotros mismos y presentarnos de manera profunda. Esto quizás sea por los grandes espacios de contradicción que se plantean en nuestras relaciones con la imagen, sea la nuestra o la de los otros.